Es una verdad universal: las reflexiones te llegan a veces en situaciones poco comunes o desde pequeños detalles que llaman tu atención. En este caso, todo ocurrió mientras esperaba la guagua en El Hoyo, la estación de guaguas de Las Palmas. Como suele ser habitual en mi, después de una larga lectura me puse a dar paseos cortos, de un lado al otro, frente a los asientos. Una y otra vez, iba y venía, miraba despistado la máquina de refrescos, leía desinteresado las pegatinas informativas, etc…En uno de estos paseos, justo en el momento en el que me giraba para “ir” hacia el otro lado, vi como, con actitud chulesca y despreocupada, un pibe de no más de
veintipocos años lanzaba lejos lo que quedaba de su recién terminado cigarro. A otras horas, y otro día, o quizás en un día cualquiera a excepción de hoy, puede que no le hubiese prestado atención a ese gesto. Es más, cuando continué mi giro y vi al segurita venir pensé: “No le dirá nada. A sus años, no vale la pena levantar la voz ni llamar la atención a estás horas. La noche está tranquila. Ni siquiera es tanto como para darle un porrazo en la nuca, como prevención, nada más”.
La reflexión vino después, casi de inmediato, al final de una reacción en cadena de una serie de pensamientos que, ahora, me es imposible identificar. Y aquí está mi reflexión: el ser humano es, en general, inconsciente por naturaleza. Y donde se lee inconsciente, léase inmaduro por naturaleza. ¡Debemos tener varios millones de genes para tal fin!. Y, ahora que escribo, me reafirmo en esa reflexión: no tenemos conciencia del consumo que conlleva nuestra existencia; no tenemos conciencia de los residuos que implica vivir, nuestra vida, la mía, la tuya, la de todos, ¡hasta la del mismísimo Papa!.
Por un lado, el ser humano en general, el ciudadano de a pie y el de los altos vuelos no tiene conciencia efectiva ni real del consumo que su vida misma implica, sea consumo de dinero, sea consumo de recursos naturales: ¡utilizar agua para lavarnos, para bañarnos o limpiar nuestra casa gasta energía y ensucia!. Por otro lado, por el lado del residuo, el ser humano, el ciudadano -cualquiera que sea su estatus y su nómina- no es consciente (o no quiere serlo) de que su mera existencia, el mero hecho de respirar y de vivir produce todo tipo de residuos que, por una cuestión de matemática básica y primitiva, se van acumulando hasta ser un gran montón de mierda. Veamos: heces, plásticos, cristales, latas, metal variado, desechos de los derivados del petróleo, papel y cartón, cristal, desechos de comida, orín…y por no hablar de los residuos de las industrias. ¡Acaso nadie se pregunta a dónde va a parar todo eso!La verdad es que es algo muy simple. En pleno siglo veintiuno -he aquí la vanidad humana- cuesta creer que, en general, la gente, las personas (esos animales humanos) no tengan conciencia de lo que implica su existencia. Pongamos un ejemplo microscópico: 2 vecinos sacan a diario sus perros a pasear; uno de ellos fuma mientras que el otro saca a su perro al tiempo que se come un paquete de papas; hay papeleras pero, como están en la calle, y la calle (que no es suya, ni su casa) está junto a una loma, cada uno tira, todos los días, la colilla de cigarro al suelo, y la bolsa de papas fritas también al suelo. Dando por hecho que cada vecino recogerá la mierda de su perro en un papel, lo meterá en una bolsa y tirara la bolsa a la basura, si multiplicamos por 30 (días de un mes) el cigarro y la bolsa de papas que tira cada vecino tendríamos que en esa calle, en un mes, habría votados en el suelo 30 cigarrillos y 30 bolsas de papas fritas. Si multiplicamos eso por 12 (meses del año) tenemos 360 cigarrillos por el suelo y 360 bolsas de papas también por el suelo. Pero claro, no son los únicos vecinos de la calle así que las matemáticas en poco tiempo se nos desbordan.
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